Las fiestas de noviembre en Cartagena de Indias, conmemoración de la Independencia, deberían ser el reflejo más amplio de nuestra diversidad cultural. Sin embargo, cada año se repite la misma exclusión: los sonidos alternativos —rock, pop, reggae, metal, electrónica y otros géneros emergentes— quedan fuera de la programación oficial. Esta ausencia no es casual, es estructural, y revela una visión limitada de lo que significa celebrar la independencia en una ciudad que presume de ser musical y patrimonial.
El Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena (IPCC) y la Alcaldía Distrital han buscado fortalecer las fiestas estableciendo vínculos con otros carnavales y ferias del país. Pero mientras el Carnaval de Barranquilla, la Feria de Cali o el Carnaval de Blancos y Negros en Pasto integran distintos legados musicales y sociales, Cartagena insiste en ignorar a sus bandas emergentes. La “vista gorda” institucional perpetúa una fiesta incompleta, que no representa a todos los sectores ni a todas las sensibilidades sonoras que habitan la ciudad.
La responsabilidad no recae únicamente en las instituciones. Los medios de comunicación también han fallado en dar visibilidad a estas propuestas, reforzando la idea de que lo alternativo es marginal. Y la propia escena independiente, aunque vibrante, aún carece de planificación estratégica para irrumpir con fuerza en el calendario cultural. El resultado es un círculo vicioso: artistas que producen desde la contracultura, pero que no logran romper las barreras de difusión y reconocimiento.
Aun así, las bandas siguen resistiendo. Autogestionan conciertos, producen materiales audiovisuales y construyen comunidad. Esa persistencia es un acto político y cultural: demostrar que Cartagena no es solo champeta, ni Reguetón, ni tradición oficial, sino también un hervidero de propuestas alternativas que merecen ser escuchadas. Ignorarlas es negar la pluralidad de la ciudad. Integrarlas, en cambio, sería reconocer que la independencia que celebramos cada noviembre también se expresa en la libertad de crear, experimentar y transformar desde la música. La pregunta es directa: ¿hasta cuándo las autoridades y los medios seguirán celebrando una Cartagena incompleta, mientras la verdadera diversidad musical se queda fuera de la fiesta?